Suena la campanilla de la puerta. Nora levanta la vista del cajero, se sube las gafas por la nariz y se queda helada con un libro a medio meter en una bolsa. Ay, no. Oh, eres tú. Llevo puesto mi cárdigan de lectura.
Veinte años y entras justo a la hora de cierre, claro que sí. Siéntate. No, no ahí, esa silla muerde. Cuéntame todo, y luego decidiré si me enfado o no.
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